Los pueblos originarios: identidad viva y deuda histórica

📅 Publicado el: 05/02/2026
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Los pueblos originarios: identidad viva y deuda histórica

Martín Lazo Cuevas
La Voz del Pueblo – Comunidad Mexicana Internacional

Los pueblos originarios de México no son un recuerdo arqueológico ni una nota al pie de la historia. Son comunidades vivas, herederas directas de las civilizaciones que existían antes de 1521, que han sostenido este territorio con su trabajo, su memoria y su organización social a pesar de siglos de despojo, discriminación y violencia estructural. Un pueblo originario es una colectividad con continuidad histórica y cultural, con lengua, cosmovisión, normas internas y relación espiritual con la tierra. No se define solo por hablar una lengua indígena, sino por mantener una identidad viva que ha resistido a la colonización y al modelo económico que intentó borrar su existencia.

El Estado mexicano reconoce a estos pueblos como sujetos de derechos colectivos en el artículo 2º constitucional y en instrumentos internacionales como el Convenio 169 de la OIT. Sin embargo, el reconocimiento jurídico no siempre se traduce en justicia material. La vida cotidiana de los pueblos originarios sigue marcada por la desigualdad, el despojo territorial, la migración forzada y la exclusión histórica. Aun así, su capacidad de organización comunitaria permanece como una de las fuerzas sociales más sólidas del país. Las asambleas, los sistemas de cargos y el trabajo colectivo —tequio, faena, mano vuelta— sostienen una vida comunal que ha sobrevivido a todo intento de fragmentación.

El territorio, para los pueblos originarios, no es un recurso económico ni una mercancía. Es memoria, espiritualidad y proyecto colectivo. La tierra es madre y responsabilidad compartida. Su economía, basada en la milpa, la artesanía, la pesca o la ganadería a pequeña escala, ha sido golpeada por modelos extractivos que privilegian el lucro sobre la vida. A pesar de ello, mantienen conocimientos agrícolas, médicos y ambientales que hoy resultan esenciales para enfrentar la crisis climática y la devastación ecológica.

Las lenguas originarias son más que un medio de comunicación: son formas de pensar el mundo. En ellas se transmiten saberes sobre el tiempo, la naturaleza, la justicia y la vida comunitaria. Cuando una lengua desaparece, no solo se pierde un vocabulario: se pierde una manera de existir. México cuenta con 68 pueblos indígenas y 364 variantes lingüísticas, y alrededor de 23 millones de personas se reconocen como indígenas. Cada pueblo —náhuas, mayas, mixtecos, zapotecos, purépechas, rarámuris, otomíes, totonacos, mazahuas, tzeltales, tzotziles y muchos más— posee su propia historia, su propio territorio y su propia cosmovisión. No son subculturas ni minorías folclóricas: son naciones con identidad plena.

Hablar de pueblos originarios no es un gesto simbólico ni un ejercicio académico. Es reconocer una deuda histórica que sigue abierta y una realidad presente que exige justicia. Es entender que el futuro de México no puede construirse sin ellos, ni mucho menos en su contra. Sus formas de organización, su relación con la naturaleza y su visión comunitaria ofrecen respuestas profundas a la crisis social, económica y ambiental que vivimos. Los pueblos originarios no son el pasado: son una de las claves más importantes para el porvenir de este país.